Ilustración en gouache de un salón a oscuras: unas manos sostienen una tarjeta bancaria y un móvil con la pantalla naranja encendida, y sobre la mesa baja hay una foto antigua de una tienda con la persiana bajada
Ilustración propia generada con IA (Adobe Firefly). Ficción: no representa una escena real.

Treinta días hábiles

Jueves, 21 de octubre de 2021, 6:10

El bar del polígono abría a las cinco y media para los del turno de noche, y a esa hora olía a café quemado, a lejía y a pan tostado en una plancha que no se limpiaba desde el verano. Javier llegó antes que nadie de su turno y encontró a Dani en la barra, todavía con el chaleco reflectante del almacén, mojando una tostada en un café con leche que ya se le había quedado frío.

—Tienes cara de no haber dormido —dijo Dani.

—Tú tienes cara de haber descargado tres camiones.

—Cuatro.

Pidieron otro café. Dani sacó el móvil antes de que Javier dijera nada y le enseñó la pantalla: otra vez máximo, 66.000 dólares y pico, y el indicador de miedo y codicia en 84. Lo dijo sin entusiasmo, como quien da el parte del tiempo.

—Lo de mi padre —empezó Dani, y se quedó un momento buscando cómo decirlo—. Mira, bitcoin no te paga nada, tío. No es un plazo fijo. Tienes una cosa que vale lo que alguien quiera pagar por ella mañana, y ya está. Si una plataforma te paga un tres por ciento todos los días, ese dinero sale de algún sitio, y lo más fácil es que salga del siguiente que entra.

—Eso es lo que dije yo en la cena.

—Lo dijiste de bitcoin. Y te equivocabas de cosa.

Javier removió el café con más fuerza de la necesaria. Le molestaba que un chaval de veinticuatro años le explicara las cosas con esa paciencia de profesor de autoescuela, y le molestaba más no tener nada con qué rebatírselo.

—Entonces, si quiero comprar, ¿dónde compro?

Dani se encogió de hombros. Le habló de plataformas de las que Javier no había oído hablar nunca, de que había que subir el DNI y una foto de la cara, de que el dinero no se queda ahí, que hay que sacarlo luego a una cartera propia, y de muchas otras cosas que Javier fue perdiendo por el camino. Una sí se le quedó.

—Ayer el Banco de España abrió un registro para esto. Lo leí en el descanso. Todavía no hay nadie dentro, acaban de abrirlo, pero las que vayan en serio se van a apuntar. Las del tres por ciento no.

Lo que decía internet

Durante el resto de la semana Javier leyó más que en los últimos cinco años juntos. Leía en el vestuario, en los descansos, en el baño de la oficina con la puerta cerrada. Un señor con gafas de pasta explicaba en un vídeo de cuarenta minutos que bitcoin llegaría a un millón de dólares, y en el siguiente vídeo que le recomendó el móvil, otro señor, con otras gafas, explicaba con la misma seguridad que valdría cero. Los dos tenían cientos de miles de seguidores. Los dos parecían saber de lo que hablaban.

En la máquina del café, el de contabilidad le dijo que él lo tenía todo "en una aplicación muy buena", y cuando Javier le preguntó cuál, no se acordaba del nombre. Pero se acordaba de cuánto había ganado.

Lo que Javier no encontraba por ninguna parte era alguien que le dijera lo que le iba a pasar a él, a Javier Morales, con su sueldo y su hipoteca, si metía dinero. Y al tercer día entendió, sin que nadie se lo explicara, que eso no lo iba a encontrar, porque nadie lo sabía.

Viernes, 22 de octubre, 0:47

El enlace de Rubén seguía en el WhatsApp, justo debajo del mensaje de Dani. Esa noche lo abrió.

La página era bonita, eso había que reconocérselo. Fondo oscuro, letras doradas, una gráfica que subía sin una sola bajada y un contador en la esquina que marcaba cuántas personas se habían registrado en las últimas veinticuatro horas. Arriba, en grande, el tres por ciento diario. Abajo, más pequeño, el código de Rubén ya puesto en su casilla, y un aviso en rojo: plazas limitadas, el registro se cierra el viernes.

Javier rellenó el nombre, el correo, el teléfono. Fue a la cocina a por la cartera, volvió con la tarjeta en la mano y se sentó otra vez en el sofá. En el último paso había una casilla para aceptar las condiciones, y por costumbre, o por miedo, abrió el documento antes de marcarla.

Eran once páginas en un español raro, como traducido a máquina. En la página tres decía que los rendimientos estaban "garantizados por el algoritmo de arbitraje", y en la página siete que las retiradas se procesaban "en un plazo de treinta días hábiles por motivos de seguridad". En ningún sitio aparecía una dirección, ni un país, ni el nombre de una persona.

Y entonces se acordó de Suministros Albero.

Suministros Albero le había servido género a la ferretería de su padre durante veinte años. Pagaban siempre, y pagaban bien, y cuando en 2008 empezaron a retrasarse un poco, su padre dijo que eran de fiar, que una mala racha la tiene cualquiera. En febrero de 2009 dejaron de contestar al teléfono. En junio su padre bajó la persiana por última vez, y Javier, que tenía treinta años y le ayudaba con las cajas, se acuerda sobre todo de que su padre no dijo nada en todo el día. Ni una palabra.

Treinta días para devolverte tu dinero, pensó. Y a cambio, un tres por ciento todos los días.

Cerró la pestaña sin marcar la casilla. No fue una decisión muy pensada, fue más bien que se le quitaron las ganas de golpe. Dejó la tarjeta encima de la mesa del salón y allí seguía por la mañana, cuando Nuria se la encontró y le preguntó qué hacía ahí. Javier dijo que había comprado unas zapatillas por internet. Nuria no preguntó más.

El sábado, Rubén le mandó un audio de minuto y medio que empezaba con "Qué, cuñado, ¿te has animado o qué?". Javier no lo escuchó entero.

Miércoles, 3 de noviembre

Tardó casi dos semanas en elegir una plataforma, y al final la eligió por descarte más que por convicción. Era una empresa con sede en Europa, con su nombre, su dirección y sus administradores publicados, que decía haber pedido la inscripción en el registro del Banco de España y no prometía ninguna rentabilidad. Lo único que decía la página de inicio, sin letras doradas, era que el precio podía bajar. A Javier eso le dio más confianza que cualquier otra cosa.

Para abrir la cuenta había que subir una foto del DNI por las dos caras y un vídeo corto de la cara, girando la cabeza a un lado y a otro. Lo hizo a las once de la noche, encerrado en el cuarto de baño, sentado en la tapa del váter con el DNI en una mano y el móvil en la otra, porque no quería explicarle a nadie lo que estaba haciendo. La aplicación le pidió que se acercara a la luz. Se levantó, se puso debajo del foco del espejo y volvió a empezar.

A mitad del vídeo, alguien llamó a la puerta con los nudillos.

—¿Javi? ¿Estás bien? Llevas un rato.

—Sí, sí. Ya salgo.

Oyó los pasos de Nuria alejarse por el pasillo. Terminó de girar la cabeza, primero a la izquierda, luego a la derecha, como le pedía la pantalla, y pulsó enviar.

El correo de verificación llegó a la mañana siguiente, a las siete y doce, mientras esperaba en el semáforo de la avenida. Tu cuenta está lista. Javier lo leyó dos veces. Ya tenía dónde comprar. Ahora le faltaba decidir con qué dinero.

Lo que era real en este episodio

Los personajes son inventados; el calendario, no. El 20 de octubre de 2021, el mismo día de la cena del primer episodio, el Banco de España publicó el trámite para inscribir a quienes cambiaban criptomonedas por euros o custodiaban claves de sus clientes en España. Las empresas que ya operaban tenían hasta el 29 de enero de 2022 para pedir la inscripción [1][2]. Por eso, cuando Javier busca plataforma a principios de noviembre, todavía no hay ninguna inscrita: lo más que puede encontrar es una que diga haberlo solicitado.

El propio Banco de España advirtió después de lo que significaba aparecer en esa lista: la inscripción "no implica" que haya aprobado o verificado la actividad de la empresa, porque la obligación era solo de registro, sin normas de supervisión [3]. Desde el 30 de diciembre de 2024 se aplica en la Unión Europea el reglamento de criptoactivos MiCA, y desde el 1 de julio de 2026 solo pueden operar en España los proveedores autorizados por la CNMV o por otra autoridad europea [4].

Aquel jueves 21 de octubre bitcoin cerró en 62.355 dólares, con el índice de miedo y codicia en 84; el viernes del plazo de Rubén, en 60.697 [5].

Corrección (6 de octubre de 2026): las cifras de precio con fecha de este artículo salían de nuestra serie de precio y estaban desplazadas un día: el valor que guardábamos como cierre de un día era el del anterior. Ya están corregidas. Explicamos qué pasó en el historial de versiones del Score.

Fuentes

  1. Real Decreto-ley 7/2021, de 27 de abril, que incorporó a la ley contra el blanqueo de capitales a los proveedores de cambio de moneda virtual y de custodia de monederos: BOE-A-2021-6872. Primaria.
  2. Finreg360: El Banco de España abre el registro de proveedores de servicios de criptomonedas, 22 de octubre de 2021. Secundaria (despacho especializado).
  3. Banco de España: Nuevo registro de proveedores de cambio de moneda virtual por moneda fiduciaria y custodia de monederos electrónicos, marzo de 2022. Primaria.
  4. CNMV: MiCA, nueva regulación de criptoactivos. Primaria.
  5. Alternative.me: Crypto Fear & Greed Index, valores del 21 y el 22 de octubre de 2021. Primaria (es quien publica el índice).

Los precios son cierres diarios de nuestra propia serie de BTC/USD. Suministros Albero, como el resto de nombres, es inventado.

Última actualización: 6 de octubre de 2026