Ilustración en gouache de una cena de cumpleaños familiar: siete personas alrededor de una tarta con las velas recién apagadas; casi todas miran el móvil encendido que enseña un hombre, mientras otro, de espaldas en la esquina de la mesa, las observa a ellas
Ilustración propia generada con IA (ChatGPT). Ficción: no representa una escena real.

Setenta velas

Miércoles, 20 de octubre de 2021

Carmen cumplía setenta años y había insistido en celebrarlo en casa, con la mesa extendida hasta el pasillo y las sillas plegables que Rubén traía cada año del concesionario, así que a las diez y media de la noche, con la tarta todavía humeando de velas, estaban los siete apretados alrededor del mantel bueno. Javier se había sentado en la esquina, que era donde se sentaba siempre, y desde ahí vio cómo Rubén sacaba el móvil.

No miró la pantalla, sino a los demás mirándola. Carmen se puso las gafas que llevaba colgadas del cuello, Pilar sonrió con esa mezcla de paciencia y orgullo de quien ha oído la historia muchas veces y aun así le gusta, y hasta Lucía, que tenía doce años y llevaba toda la cena fingiendo aburrirse, se inclinó sobre la mesa para ver mejor.

—Máximo histórico —dijo Rubén—. Hoy mismo.

En la pantalla había una línea verde que subía hacia la derecha y una cifra, 66.064 dólares, que a Javier no le decía nada. Lo que sí sabía es que su cuñado llevaba desde agosto sacando el tema en cada comida, y que él, desde agosto, había decidido no preguntar.

—¿Y eso cuánto es en tu bolsillo? —preguntó Carmen, que era la única que se atrevía a preguntar esas cosas.

—Pues mira, mamá, el año pasado por estas fechas estaba a once mil. —Rubén dejó el móvil junto al plato, bocarriba, para que se siguiera viendo—. Haz la cuenta.

—Uy, cuentas. Yo tengo en una caja doscientas mil pesetas que desde junio no valen nada, así que no me hables de dinero que sube.

Se rieron todos menos Nuria, que miró a su madre un segundo de más. Y Javier, que tenía la rodilla de su mujer apretada contra la suya por debajo del mantel, que en el idioma de casa quería decir "no empieces", empezó.

—Eso es una pirámide, Rubén. Lo leí el otro día. Gana el que entra primero y lo paga el último que llega.

Hubo un silencio corto, de esos en los que se oye el frigorífico. Rubén se echó hacia atrás en la silla, divertido, con la cara de quien lleva días esperando exactamente esa frase.

—Una pirámide. Vale. ¿Y quién está arriba? Dime un nombre.

Javier no tenía un nombre. Tenía una sensación, y una sensación en una mesa familiar vale bastante menos que un móvil con una línea verde.

Lo que el móvil no enseñaba

Fue Dani quien contestó, desde la otra punta. Tenía veinticuatro años, trabajaba de noche en un almacén de logística y se pasaba los descansos leyendo en el móvil cosas que nadie en la familia le había preguntado nunca.

—En julio estaba a treinta mil, papá. A la mitad. Esa captura no la enseñas.

—Porque en julio no había nada que enseñar.

—Pues eso digo. —Dani se encogió de hombros y miró a Javier—. Si fuera una pirámide, tío, alguien te prometería un porcentaje. Aquí no te promete nada nadie. Puede bajar a la mitad y nadie te devuelve un euro.

A Javier aquello le pareció un argumento a su favor, así que lo usó.

—Entonces es peor. Es un casino.

—Lo que es peor —siguió Dani, pero ya no le hablaba a él— es lo otro que tienes. Lo del tres por ciento.

Rubén hizo un gesto con la mano, como si espantara una mosca de encima de la tarta.

—Eso es otra cosa. Es una plataforma que opera con bitcoin por ti. Me pagan un tres por ciento al día, Dani, al día, y llevo dos semanas cobrando sin fallar uno.

—Eso no es bitcoin, papá.

—Me pagan en bitcoin.

—Ya. Pero no es bitcoin.

Carmen pidió que alguien cortara la tarta de una vez, que se le estaba derritiendo el merengue, y la conversación se fue por donde se van estas conversaciones: la avería del coche de Pilar, el instituto nuevo de Lucía, la rodilla de Carmen, que ya no era lo que era. Javier asentía donde tocaba. Por dentro seguía con la cuenta de Rubén, que no se le iba de la cabeza: once mil, sesenta y seis mil.

Al final de la noche se ofreció a llevar los platos a la cocina, más por levantarse de la mesa que por ayudar, y desde el pasillo oyó a Carmen, que había seguido a Rubén hasta el fregadero, hablar en voz baja.

—Y eso del tres por ciento, hijo… ¿Yo podría?

—Ya hablamos, mamá —dijo Rubén, y le dio un beso en la frente—. Otro día, con calma.

Javier entró con la pila de platos y los dos se callaron a la vez.

En el coche

—No hacía falta llamarle estafador delante de su madre —dijo Nuria en el primer semáforo, sin mirarle.

—No le llamé estafador. Dije que era una pirámide.

—Es lo mismo, Javi.

Lucía iba dormida en el asiento de atrás, o hacía muy bien que lo estaba. Javier conducía despacio por la avenida vacía, con los limpiaparabrisas dando una pasada de vez en cuando aunque apenas llovía, y pensaba en el tres por ciento. Él cobraba un sueldo razonable, pagaba 640 euros de hipoteca y tenían, entre la cuenta de ahorro y un depósito que vencía en marzo, algo menos de once mil euros apartados. El colchón, lo llamaba Nuria, para si se rompe algo. Un tres por ciento al día de eso eran más de trescientos euros, y eso cada día.

No lo dijo en voz alta. Le pareció una idea demasiado tonta para decirla, y esa noche ya había dicho bastantes cosas.

Pasada la medianoche

Nuria se acostó a las once y media, porque al día siguiente entraba de mañana en urgencias. Javier se quedó en el sofá con la tele apagada y el móvil en la mano, y lo primero que hizo fue buscar el precio, que seguía ahí, por encima de los sesenta y seis mil. Debajo había un indicador que no conocía, un número del cero al cien que medía el miedo y la codicia del mercado. Marcaba 82, codicia extrema. Le hizo gracia que alguien se hubiera tomado la molestia de medir eso.

Luego escribió en el buscador, despacio, como quien le cuenta un síntoma al médico: es bitcoin una estafa piramidal.

Estuvo leyendo casi cuarenta minutos, primero en un foro donde alguien que firmaba como Nacho_BTC juraba que aquello era el futuro del dinero, y después otro, bastante más feo, donde un usuario con la bandera en el avatar decía exactamente lo contrario con las mismas faltas de ortografía. En uno de los hilos, un tercero contaba que había comprado en abril, en el máximo anterior, y que en julio estuvo a un día de venderlo todo; debajo le recordaban, con capturas, que en julio decía en ese mismo foro que aquello se había acabado. Javier se dio cuenta de que quería creer al primero y le molestó.

Acabó en la web del regulador de valores de Estados Unidos, que definía una estafa piramidal con una claridad casi ofensiva: pagar a los inversores antiguos con el dinero de los nuevos, prometiendo rentabilidades altas con poco riesgo. Pensó en Rubén. Y en el tres por ciento, claro, que se parecía mucho a aquella definición, aunque Dani dijera que eran cosas distintas.

Abrió también la aplicación del banco, sin saber muy bien para qué. El depósito de marzo pagaba un 0,05 % al año. Hizo la cuenta de cabeza y le salió que ese año el colchón iba a darles unos cinco euros.

Pero lo que de verdad no le dejaba dormir era otra cosa, y tardó un rato en ponerle nombre. Su cuñado había visto once mil convertirse en sesenta y seis mil mientras él le explicaba en cada comida que aquello no tenía ningún futuro. El vecino del cuarto había cambiado de coche en septiembre. Y el de contabilidad, uno que no sabía ni configurar el correo, hablaba de "mis bitcoins" en la máquina del café con una naturalidad que a Javier le sentaba fatal.

Si esto es una estafa, pensó, ¿por qué todo el mundo gana dinero menos yo?

No compró nada. Se lo repitió dos veces mientras se lavaba los dientes.

Cuando entró en el dormitorio, pasada la una, Nuria seguía despierta, con la cara iluminada por la pantalla del móvil. Lo bloqueó al oírle y lo dejó bocabajo en su mesilla.

—¿No duermes?

—Ahora —dijo ella, y se dio la vuelta.

Javier no le preguntó qué estaba mirando. Ella tampoco le preguntó a él. Ya acostado, le escribió a Dani por WhatsApp, que a esas horas estaría descargando camiones.

"Oye. Lo del 3 % de tu padre. ¿Por qué dices que no es bitcoin?"

La respuesta llegó a los dos minutos.

"Mañana te lo explico, tío. Pero no le mandes dinero a nadie que te prometa un porcentaje. A nadie."

Todavía tenía el móvil en la mano cuando vibró otra vez. Era Rubén, que a esas horas debía de estar tan despierto como él.

"Te paso el enlace, cuñado. Con mi código te llevas un 10 % de bienvenida. Pero no lo dejes mucho, que el viernes cierran las plazas."

Javier leyó los dos mensajes, uno encima del otro. No contestó a ninguno. Tampoco borró el segundo.

Lo que era real en este episodio

Esta historia es inventada, pero el mundo en el que ocurre no. El miércoles 20 de octubre de 2021 bitcoin cerró en 66.064 dólares, el precio más alto de su historia hasta ese día, y el índice de miedo y codicia marcaba 82, codicia extrema [3]. Un año antes cotizaba a 11.925 dólares; el 20 de julio de ese mismo 2021, a 29.790. Puedes comprobar cada cifra en nuestro histórico de octubre de 2021.

La definición que lee Javier a medianoche es la del regulador de valores de Estados Unidos: una estafa piramidal paga a los inversores existentes con el dinero de los nuevos, casi siempre con la promesa de rentabilidades altas y poco riesgo, y se hunde cuando deja de entrar gente [1]. Bitcoin no promete ninguna rentabilidad; plataformas como la de Rubén, sí.

Y lo de Carmen también pasó. El plazo para cambiar pesetas por euros en el Banco de España terminó el 30 de junio de 2021, cuatro meses antes de esta cena, a razón de 166,386 pesetas por euro [2]. Las doscientas mil pesetas de su caja eran 1.202 euros. En abril de ese año, según los datos del Banco de España que recogió el BBVA, los españoles aún guardaban 1.586 millones de euros en pesetas sin cambiar [4].

Corrección (6 de octubre de 2026): las cifras de precio con fecha de este artículo salían de nuestra serie de precio y estaban desplazadas un día: el valor que guardábamos como cierre de un día era el del anterior. Ya están corregidas. Explicamos qué pasó en el historial de versiones del Score.

Fuentes

  1. U.S. Securities and Exchange Commission, Investor.gov: Ponzi Scheme (en inglés). Primaria.
  2. Banco de España: Finalizó el periodo de canje de pesetas por euro y nota de prensa del 21 de junio de 2021. Primaria.
  3. Alternative.me: Crypto Fear & Greed Index, valor del 20 de octubre de 2021. Primaria (es quien publica el índice).
  4. BBVA: 30 de junio de 2021: el último adiós de las pesetas. Secundaria: cita datos del Banco de España.

Los precios son cierres diarios de nuestra propia serie de BTC/USD.

Última actualización: 6 de octubre de 2026