Ilustración en gouache de un polideportivo: en primer plano, un padre de espaldas en la grada mira el móvil encendido mientras el público aplaude de pie y, al fondo, una niña con coleta vuelve por la pista con los brazos en alto
Ilustración propia generada con IA (ChatGPT). Ficción: no representa una escena real.

Sesenta y cuatro veces

Lunes, en el baño

El baño de la oficina del almacén tenía un pestillo que había que empujar hacia arriba para que cerrara, un espejo con una esquina desconchada y un dispensador de jabón que llevaba vacío desde el verano. Javier, que en catorce años lo había usado solo para lo que se usa un baño, empezó esa semana a entrar sin tener ganas. Se sentaba en la tapa, sacaba el móvil y abría la aplicación.

El lunes empezó bien. Bitcoin había cerrado el domingo con una subida de casi un dos por ciento y sus tres mil euros, que la semana anterior se habían quedado en poco más de dos mil novecientos, volvieron a acercarse a lo que había pagado. Salió del baño de buen humor, le perdonó a un repartidor diez minutos de retraso y se sorprendió silbando en el pasillo de los filtros de aceite. Nadie en el almacén sabía por qué, y a él le gustaba que nadie lo supiera.

Esa noche cerró con una bajada de casi un tres por ciento y ya no silbó.

Martes, el semáforo de la avenida

El semáforo de la avenida, a la altura de la gasolinera, era el más largo del camino al polígono: noventa segundos exactos, porque una vez los contó. Durante años los había pasado con la radio y la mirada perdida en el rótulo de la lavandería. Esa semana los pasó con el móvil apoyado en el volante, bajando la pantalla con el pulgar para que se actualizara el precio. El martes un claxon le avisó de que el semáforo llevaba un rato en verde.

Ese día bitcoin cerró por debajo de los sesenta y un mil dólares, más de un cinco por ciento menos que la víspera, y los tres mil euros eran unos dos mil setecientos treinta. Javier hizo la resta varias veces a lo largo de la mañana, siempre con el mismo resultado, como si esperara que alguna vez le saliera otra cosa.

A mediodía le escribió a Dani.

"¿Esto es normal?"

"Esto es un martes cualquiera en bitcoin, tío. Yo no lo miro. Si lo miras cada hora, te vuelves loco."

Javier le contestó con un pulgar hacia arriba y volvió a mirarlo.

Jueves, 3:10

Nuria tenía la semana de noches y la casa se quedaba rara sin ella, con demasiado silencio en el pasillo y la cama más grande de lo necesario. Javier se despertó a las tres y diez sin ningún motivo, o eso se dijo, y antes de saber del todo dónde estaba ya tenía el móvil en la mano y la cara iluminada.

A esa hora los mercados de verdad dormían, pero bitcoin no dormía nunca, y eso era algo que Javier no había pensado antes de comprar. La bolsa cierra, el banco cierra, hasta el bar del polígono cierra. Aquella línea, en cambio, seguía moviéndose mientras él dormía o se duchaba, y cada vez que la miraba había pasado algo sin él. Estuvo un cuarto de hora leyendo un hilo sobre si el mercado había tocado techo, escrito por gente que firmaba con nombres de animales.

Luego abrió la aplicación de fotos, vio los vídeos del último partido de Lucía, que se habían subido solos a la nube como todo lo que grababa, y se quedó dormido con el móvil encima del pecho.

Viernes, la reunión de turno

La reunión de los viernes duraba veinte minutos y servía para repartir las vacaciones de Navidad, que era la conversación más delicada del año en un almacén de recambios. Javier la dirigía desde hacía seis años con una tabla impresa y mucha paciencia.

El jueves bitcoin había caído otro cinco y pico por ciento. Él lo supo en mitad de la reunión del viernes, cuando la pantalla del móvil, encima de la tabla impresa, se encendió con una notificación que había activado él mismo el lunes. Leyó la cifra mientras Paco, el de las carretillas, explicaba por tercer año seguido que su mujer era de Lugo y que no podía trabajar el veintiséis. Los tres mil euros eran ya unos dos mil quinientos noventa.

—Entonces, ¿el veintiséis quién? —preguntó alguien.

Javier levantó la vista y se dio cuenta de que le miraban todos. No tenía ni idea, claro, de a quién le tocaba el veintiséis. Le dio el día a Paco, que no se lo esperaba, y la reunión se alargó otros diez minutos por las protestas.

Domingo, 21 de noviembre

El polideportivo municipal olía a lo mismo que todos los polideportivos del mundo, a goma, a sudor antiguo y a café de máquina, y a las cinco de la tarde estaba lleno de padres con abrigo y niñas en chándal. Nuria había salido de la última noche a las ocho de la mañana y seguía dormida cuando ellos se fueron. Javier se sentó en la tercera fila de la grada, justo detrás del banquillo, porque Lucía le había pedido expresamente que no se sentara en la primera.

El partido iba igualado. Lucía jugaba de base, era más pequeña que casi todas y lo compensaba corriendo más que nadie, y en el segundo cuarto robó un balón en el centro del campo. Javier lo vio empezar. Vio a su hija arrancar sola hacia la canasta contraria con la coleta al aire.

Y en ese momento el móvil vibró en su mano.

Era la notificación de siempre, bitcoin moviéndose un poco después de una semana mala, y Javier bajó la vista solo un segundo, para ver cuánto. Cuando la levantó, la grada entera estaba de pie y aplaudiendo, y Lucía volvía hacia su campo con los brazos en alto, buscándole con los ojos en la tercera fila.

Le encontró mirando el móvil.

Fue solo un instante. Luego él se levantó, aplaudió más fuerte que nadie y le hizo el gesto del pulgar hacia arriba, y ella se dio la vuelta y siguió jugando. Perdieron de cuatro.

En el aparcamiento

Lucía tardó en salir del vestuario, como siempre. Javier la esperó dentro del coche con la calefacción puesta y el móvil en la mano. Entró en los ajustes del teléfono para quitar la notificación y acabó en una pantalla que no conocía, una que contaba el uso del móvil aplicación por aplicación, con barras de colores.

La de bitcoin iba la primera, por delante del correo y del WhatsApp. Debajo decía que ese día, un domingo en que no había pasado nada, ni una noticia ni una bajada de verdad, la había abierto sesenta y cuatro veces. Javier se quedó mirando el número con la misma cara con la que miraba los precios, y no quitó la notificación.

Luego se abrió la puerta del copiloto y entró Lucía con la bolsa de deporte y el pelo mojado. Iba delante, que era un privilegio nuevo y que ella ejercía con los pies encima del salpicadero. Volvieron por la avenida vacía de los domingos, sin radio, y en el semáforo de la gasolinera, el de los noventa segundos, él no sacó el móvil.

—Papá —dijo Lucía, sin dejar de mirar por la ventanilla.

—Dime.

—¿Has visto la canasta?

El semáforo seguía en rojo. Javier miró el rótulo de la lavandería.

—Sí —dijo—. Claro que la he visto.

Lucía no dijo nada más en todo el camino, y al llegar al garaje se bajó antes de que él apagara el motor.

Lo que era real en este episodio

Javier es inventado; la semana que mira sin parar, no. El domingo 21 de noviembre de 2021 bitcoin cerró en 58.756 dólares, un 13 % por debajo del máximo del día 8, y el índice de miedo y codicia había bajado de 84, codicia extrema (el día 9), a 49, neutral [3]. En esos trece días hubo dos cierres con caídas de más del 5 %: el martes 16 (−5,4 %) y el jueves 18 (−5,7 %). No fue una semana especial. En todo 2021, según nuestra serie de cierres diarios, 73 de los 364 cambios de un día para otro superaron el 5 % en un sentido u otro, y la variación media diaria, sin contar el signo, fue del 3,2 %.

Lo que cambia es cuántas de esas variaciones se ven. Entre el 1 de enero de 2013 y el 21 de noviembre de 2021, el 45 % de los días bitcoin cerró por debajo del día anterior; si en vez de días se comparan periodos de 365 días, el 22 % terminaron por debajo de donde empezaron. Son datos del pasado de un solo activo y no dicen nada de lo que vendrá, pero describen algo que Javier vive sin nombrarlo: quien mira cada día ve pérdidas casi uno de cada dos días.

En 1993, Shlomo Benartzi y Richard Thaler llamaron a esto aversión miope a la pérdida [1]. Juntaron dos ideas: las pérdidas pesan más que las ganancias del mismo tamaño (las estimaciones que citan rondan el doble) y la gente evalúa sus inversiones con frecuencia aunque sus objetivos sean a largo plazo. Estudiaron acciones y bonos, no bitcoin, y su conclusión fue que la prima de las acciones encajaba con inversores que revisan su cartera más o menos una vez al año. Su ejemplo de partida es una apuesta de Paul Samuelson: un colega rechazó una sola jugada con un 50 % de ganar 200 dólares y un 50 % de perder 100, pero aceptaba jugar cien.

La pantalla que encuentra Javier existe. Las herramientas de bienestar digital de Android muestran cuántas veces se ha abierto cada aplicación y permiten poner un temporizador por aplicación: al agotarlo, la aplicación se cierra y su icono se atenúa hasta medianoche [2]. Las notificaciones de precio, como la que le vibra en la grada, se activan y se desactivan desde la propia aplicación de cada plataforma.

Fuentes

  1. Shlomo Benartzi y Richard H. Thaler: Myopic Loss Aversion and the Equity Premium Puzzle, documento de trabajo n.º 4369 de la NBER, mayo de 1993 (publicado en The Quarterly Journal of Economics en 1995). En inglés. Primaria.
  2. Google, Ayuda de Android: Controlar con Bienestar digital el tiempo que pasas utilizando un teléfono Android. Primaria.
  3. Alternative.me: Crypto Fear & Greed Index, valores del 9 y el 21 de noviembre de 2021. Primaria (es quien publica el índice).

Los precios, las variaciones y los porcentajes son cálculos sobre nuestra propia serie de cierres diarios de BTC/USD; puedes comprobar los de esas semanas en nuestro histórico de noviembre de 2021.

Última actualización: 11 de octubre de 2026